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Aproximadamente,
dos de cada cien niños y cinco de cada diez adolescentes se
deprimen y los estudios señalan que este complejo trastorno
psicológico va en aumento.
Son
muchas las teorías que intentan explicar esta realidad y múltiples
los modelos que lanzan hipótesis sobre las causas de la depresión
infantil. Afortunadamente, los avances en este campo son cada día
mayores y, tanto psicólogos como psiquiatras, progresan en el
estudio y la comprensión de este trastorno y de los factores
biológicos, psicológicos y sociales que lo alimentan.
La
depresión infantil es un problema psicológico cuyas
principales características son:
Estado de ánimo triste o irritable.
Desinterés o ausencia de placer en actividades agradable.
Cambios psicofisiológicos que pueden afectar al sueño y al
apetito.
Cambios psicomotores que influyen en sus niveles de energía y
su grado de actividad.
Cambios cognitivos que interfiere en la capacidad de
pensamiento, concentración y decisión.
Durante
la infancia predominan los componentes psicofisiológicos
mientras que en la pubertad y la adolescencia adquieren mayor
relevancia las cogniciones y la aparición de problemas
sexuales.
Para
conocer si un niño presenta depresión debe ser evaluado con técnicas
psicológicas y, si procede, con pruebas médicas. Es evidente
que los padres deberán reaccionar
acudiendo a los especialistas, ante la más mínima sospecha
sobre la aparición de alguna de las características arriba
indicadas. No obstante, cabe señalar un par de observaciones
que ayuden ante esta decisión:
La diferencia entre la tristeza normal y el estado de ánimo
triste propio de la depresión no es sólo cualitativa sino
cuantitativa. El niño deprimido está triste con más
intensidad, durante más tiempo y con mayor frecuencia que en
otros momentos.
Las conductas de los adultos que conviven en el entorno de un
niño que comienza a presentar síntomas de depresión tienden
a hacer que éste empeore y que incluso estos síntomas
lleguen a convertirse en crónicos.
Esto
puede ocurrir cuando se demora la intervención de los
especialistas y se aplican -se entiende que inadvertidamente y
llevados por la preocupación- reforzadores positivos a las
conductas características de la depresión, en forma de mayor
interés y mayor atención cuando el niño se siente triste,
desanimado, abatido, llora, deja de comer, no juega..., pasando
desapercibidas y, por tanto, no valoradas otras conductas más
deseables y propias del niño feliz y sano.
Como
padres debemos plantearnos cuáles son los factores o
situaciones de riesgo que pueden poner en peligro la salud de
nuestros hijos, así como conocer los factores de protección
que les ayuden a crecer y desarrollarse felizmente.
Algunos
factores de riesgo
La pérdida de un ser querido
La depresión de alguno de los padres
La falta de bienestar físico y/o emocional de los padres y/o
hermanos
Conflictividad conyugal
Estilos educativos de los padres inadecuados
(sobreprotectores, permisivos o sancionadores)
Periodos largos de hospitalización
Nacimiento de un hermano o una hermana
Cambio de colegio
Cambio de domicilio
La imposibilidad de alcanzar las exigencias de rendimiento
escolar requeridas por los padres, la escuela o ambos.
La falta de tiempo para la relación con los padres, para el
juego o el descanso
Todos
estos factores no representan el mismo grado de riesgo para
todos los niños. Lo que puede ser un impacto importante para
uno puede serlo mucho menor para otro, incluso en circunstancias
aparentemente semejantes. Y, lo que puede representar un riesgo
muy elevado a los ojos de un adulto quizá resulte anecdótico
para un menor.
En
todo caso, nuestra tarea como padres y madres consistirá en
tomar conciencia de lo que pueden significar para nuestro hijo
todos estos "cambios" y reflexionar sobre nuestra
propia actitud ante ello.
Algunos
factores de protección
Un
autoconcepto positivo y realista de sí mismo, donde se pueda
poner nombre a las propias cualidades personales y también a
las limitaciones.
La
labor de los padres en este aspecto consistirá en devolver con
cariño, como si de un espejo se tratara, todo el listado de
esas cualidades acompañado de refuerzos positivos tanto
verbales como no verbales. Y ser muy cuidadosos y correctos con
las críticas que hagamos a los niños. Conviene recordar que
"hay que criticar las conductas y no la persona".
Desterremos el verbo ser y sustituyámoslo por otros verbos de
acción que eviten los estériles e hirientes sentimientos de
culpabilidad. No habrá que olvidar tampoco que en este
aprendizaje nosotros somos los referentes inmediatos, los
modelos de los que, queramos o no, van a aprender (¿cómo está
nuestro autoconcepto?, ¿qué pensamos de nosotros mismos? ,
¿de qué manera lo transparentamos al exterior?, ¿tendemos a
ser perfeccionistas y a no aguantarnos cuando las cosas no nos
van como esperamos?, ¿recibimos abiertamente las críticas que
nos hacen y sacamos partido de ellas?...). Los pequeños de la
casa interiorizan más lo que hacemos de manera natural, que lo
que les decimos. Por no hablar de la especial intuición que
desarrollan para advertir las contradicciones.
Habilidades
de comunicación.
La
habilidad para comunicarse de forma efectiva con los demás es
sumamente importante para tener buenas relaciones
interpersonales y crear redes de apoyo social. Muchos niños
parecen desarrollar estas habilidades de forma natural; otros,
sin embargo, requieren una instrucción más formal. En la
infancia las actividades, los juegos y los deportes se
convierten en un campo decisivo para la interacción y, por
tanto ,
para el aprendizaje natural de las habilidades de comunicación.
¿Cuánto tiempo dedican nuestros hijos a estas actividades, en
qué condiciones, cuáles son sus opiniones respecto a ellas?
En muchas habilidades de comunicación existe un proceso
progresivo en el que se incorporan componentes de una habilidad
más básica a otras más complejas. Por ejemplo, escuchar y
hacer preguntas son habilidades importantes por sí mismas en
los niños pequeños; más tarde, se convierten en componentes
de su conversación. ¿Cuáles son los niveles de comunicación
dentro de nuestra familia, qué temas se abordan, con qué
riqueza de lenguaje, con qué tipo de estilo comunicativo (más
o menos agresivo, más o menos asertivo, más o menos...)? .
Capacidad de resolución de problemas.
Todos
nosotros estamos constantemente enfrentándonos a problemas y
decidiendo cómo solucionarlos. Muchas veces, el proceso de
resolver conflictos diarios es tan automático que ignoramos cómo
lo hacemos exactamente. No obstante, nuestra vida se paralizaría
si no tuviéramos la capacidad de identificar las dificultades y
llegar a decisiones eficaces. En este aprendizaje están
incluidos los niños porque también ellos se enfrentan con sus
problemas diariamente. ¿Cómo se resuelven los conflictos en la
familia y en el entorno de nuestros hijos?
Adquirir las habilidades de resolución de problemas tiene,
entre otras ventajas, que los niños aprenden a hacer frente al
estrés y a la frustración con mayor eficacia. Algunos
investigadores se atreven a sugerir que los niños que adquieren
gran habilidad en esta área tienen menos probabilidades de
desarrollar problemas psicológicos importantes. En todo caso,
aprender a resolver problemas de forma autónoma es una fuente
de autoestima positiva para el niño.
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